El dogma del disfrute y la dignidad interna.

Hay un dilema interno constante que no se define ni explica. Nos mantiene en vilo, como cuando duermes sin dormir. Un ruido blanco, un sonido de fondo que no cesa y que nos avisa de que algo no va del todo bien. Un sonido que la mayoría decide obviar para no complicarse aún más la existencia y esto podría ser el error más grave.

Está claro que a cada uno le hacen felices cosas distintas, no todos tenemos las mismas necesidades, no a todos nos llena lo mismo y no todos tenemos la energía dispuesta para las mismas empresas. A pesar de ello, nuestro entorno y nuestra cultura impregnan nuestro ego con estereotipos de toda clase que marcan tendencias de opinión común sobre lo bueno y lo malo, sobre lo que debe y no debe hacerse, sobre lo que nos hará felices y lo que no. De este modo, surgen desajustes individuales entre la particular consciencia de cada uno y su ego, que juega en el ámbito social. Y, al final, solemos delegar la responsabilidad de nuestras prioridades a nuestro ego. Creamos y perpetramos culturas que, bajo un análisis racional, actúan como camisas de fuerza limitando nuestra libertad de pensamiento y de juicio. Deberíamos ir con más cuidado cuando hablamos de “cultura”, porque le otorgamos una connotación positiva muy a la ligera y no debemos olvidar que una cultura es la extensión del ego, la cultura es el ego de un pueblo.

 

Las personas reparamos en los actos mismos que directamente deberían llevarnos a la felicidad, pero no en la actitud puesta en ellos. “Carpe Diem” es el lema hoy, vivir al límite y disfrutar cada momento no es un mal negocio, claro que no. El problema está en el pasivo obviado de esta empresa, el punto está, no en el fin, si no en el cómo, en la actitud. Cada uno disfruta de una forma distinta, cada individuo tiene un ritmo distinto y unos procesos distintos que nos permiten disfrutar de cada momento de muy diversos modos. Entonces, cuando el global de una sociedad vincula ciertos comportamientos al disfrute, obliga a cada individuo a adaptarse a ellos para complacer su ego. Es posible que la cultura sea, a veces, el lobo disfrazado de abuelita engañando a caperucita. Pero este engaño ocurre en el plano inconsciente de la mente, que es donde vive el ego. Por eso la mayoría no percibe que persigue sueños ajenos. Por eso la mayoría busca, busca, busca y no encuentra.

 

Así, la sentencia cae sobre las personas que tienen cualidades distintas a las exigidas por la sociedad para el “disfrute adecuado” que marca la cultura. Cuando un adolescente no se siente atraído por la fiesta, la moda y todos los requisitos impuestos por el dogma del disfrute, tendrá dos opciones: La primera es la que la mayoría escoge: Abandonarse a sí mismo e intentar aprender las aptitudes y emprender los comportamientos necesarios. Así, uno emprende una huida hacia adelante donde todo esfuerzo por encontrar el equilibrio o la paz será en vano. La segunda opción es escucharse a sí mismo y actuar en consecuencia. Esto dará una fuerza al individuo que nadie podrá quitarle, la dignidad interna. En cuanto a la dignidad externa, que es la dignidad del ego, el entorno se esforzará por destruirla para poder construir la suya propia. Porque, no seamos ingenuos, el alimento del ego son otros egos y una sociedad donde impera el ego no puede conocer la paz. Pero no importa, porque la construcción del ego es más bien efímera y absolutamente dependiente y relativa a la dignidad interna. No necesitamos una dignidad externa si la tenemos interna, porque esta última actúa por las dos. La dignidad interior es la que nos da serenidad, tranquilidad y seguridad en nosotros mismos, mientras que la exterior (el ego) es un mero escudo de humo.

En mi opinión, el problema lo tiene quien sucumbe al entorno y renuncia a aceptarse para casarse con su ego ¿Se puede vivir una vida plena sin dignidad interna?

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