Yo no he venido a proteger mi ego con un buen esmalte de orgullo. He venido a ser “feliz”, o al menos intentarlo, y me he dado cuenta de que, si descuido, el orgullo me hace suyo. La capa de esmalte me aísla en mi propia mente y una sola idea del mundo se repite en bucle como un eco en la pared de la celda, haciéndose más fuerte en cada repetición. El esmalte brilla desde fuera pero no permite entrar a la luz exterior. Y el orgullo no persigue lo mismo que yo, porque no entiende de felicidad, solo de lucha y enfrentamiento.

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