La ley de la insatisfacción

La insatisfacción es la llave que abre las puertas del progreso. Todo movimiento o cambio precisa un primer motor como todo efecto depende de su causa. Las grietas en la estructura mantienen presa nuestra limitada atención, y es que la imperfección es nuestro principal enemigo. El sentido de la vida parece ser, en esencia, prosperar. Buscar la perfección en un sentido u otro. Sencillo. La eterna transición de lo imperfecto a lo perfecto es el motor que define nuestro camino y nuestra vida y, esto mismo, nos declara a todos imperfectos por naturaleza. Condenados a una esencia siempre insuficiente, atrapados en un marco imperfecto soñándolo perfecto. Somos máquinas de idealizar realidades. Una corriente de fuerza empuja en una dirección y le llamamos deseo. Y descubrimos entonces que el secreto de la vida consciente está donde nunca lo habríamos buscado. Está en lo imperfecto, en la diferencia, en la insuficiencia.

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Nuestra atención vive y muere fija en las grietas. Es la tendencia humana a ver el vaso medio vacío.  Siempre hay un desajuste que debe ser ajustado, un problema que requiere solución. Nuestra atención está sometida a la ley de la insatisfacción. Es un mecanismo sencillo y cruel que mantiene a los seres vivos en necesidad de cambio continuo o, como con soberbia nos gusta llamarlo, en evolución.

Pero la ley de la insatisfacción se procesa en un nivel inconsciente y su mayor enemigo es, precisamente, la consciencia.

Cuando la consciencia entra en juego cuestiona la norma. Parece ser su más pura esencia. La ley de la insatisfacción se procesa en la parte del cerebro más primitivo, el cerebro límbico o emocional, que procesa información a la que nuestra consciencia no tiene acceso pero puede percibirla a través de las emociones que emanan de estos procesos inconscientes. Hablamos del instinto, y el instinto es radical. La ley de la insatisfacción es un mecanismo binario, solo permite dos posiciones: negro o blanco, bueno o malo, 0 o 1, nada o algo, ganar o perder, vivir o morir. Es un corte limpio, una elección pura. Ganas o pierdes. En cambio, cuando la consciencia entra en juego se abre el abanico e impone una libertad infinita de elección, diluyendo la dualidad en un flujo continuo de infinitas posibilidades. No es blanco ni negro, tampoco gris. Entre blanco y negro hay infinitas tonalidades, así como entre el 0 y el 1 hay infinitos decimales que ahora se tienen en cuenta. La consciencia entonces no puede posicionarse porque no hay forma de contabilizar las opciones que ahora son un océano compacto de realidad y solo puede quererlo todo. De repente, ambas opciones no son independientes si no dependientes. No son contrarias si no complementarias. Eso es la consciencia. La dualidad superpuesta y transformada en totalidad. La moneda y sus dos caras.

Pero no por ello se simplifica el escenario, más bien se complica exponencialmente. A pesar de disponer de una consciencia que relativiza por esencia, biológicamente tenemos grabada a fuego la diferencia entre lo bueno y lo malo tomando como base la supervivencia biológica. A un nivel instintivo e inconsciente sabemos bien lo que nos gusta y lo que nos disgusta, nuestro cerebro emocional o subconsciente nos somete a estados emocionales antes de que la consciencia entre en juego y analice la situación desde una perspectiva que debería ser neutra. Pero no lo es, porque ya ha parecido la emoción que decanta la balanza. El consciente nos hace capaces de pensar cosas como ¿Realmente necesito esto? ¿Realmente debería sentirme así? Pero estos pensamientos nacen ya teñidos del color de la emoción que llegó primero. Así, cuando la consciencia entra en juego rompe los esquemas poniendo en duda las verdades biológicas grabadas en nuestro ADN y nos somete a contradicción.

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