Rumbo al horizonte

Somos marineros a bordo de un barco remando rumbo al horizonte. Nos sobrecoge la belleza de la nada que se abre paso hasta  lo que parece el fin y, como tal,  se mezcla semánticamente con el objetivo final. La felicidad. Y  la curiosidad nos lleva a intentarlo.

Ponemos rumbo al horizonte y comenzamos a remar. Con el transcurso de las horas y ante la falta de  resultados comienza una pequeña discusión sobre la utilidad de tal empresa pero se concluye que: “lo que debemos hacer es remar más rápido para aumentar la velocidad”. A sus órdenes capitán. Pasados unos días los marineros están exhaustos. Cada día reman más rápido y los turnos de descanso comienzan a ser insuficientes. Algunas voces comienzan a alzarse cuestionando de nuevo la utilidad de la empresa. “No parece que el horizonte esté más cerca que antes. Nuestro objetivo parece alejarse al ritmo de nuestro avance”. Se debate de nuevo y se toma una gran decisión: “Construiremos unos nuevos remos que nos facilitarán la tarea”. Efectivamente, los nuevos remos permiten alcanzar una mayor velocidad con un esfuerzo notablemente menor. Los marineros están eufóricos y festejan el gran avance logrado. Al cabo de unas semanas volvían a susurrar las voces menos convencidas. No había resultados, el horizonte parecía huir de ellos. Pero eso no tendría sentido según la lógica de sus conocimientos. La confusión emergió y derivó en una pequeña revuelta,  esta vez teñida de una frustración creciente. La frustración lleva a la precipitación. Ciega. Una voz se alzó por encima de todas las demás anunciando la solución más sencilla. “Hay que aligerar el barco”. Mediante una buena demostración matemática se probó que, según las leyes de la física, el barco tenía un peso excesivo y por ese motivo no avanzaban a más velocidad. Se formó un largo e intelectual debate sobre este tema y se concluyó que sí. “Según nuestros conocimientos científicos el barco pesa demasiado y debemos aligerarlo.  Dado que con nuestros nuevos remos ya no se precisan tantos marineros como al principio, ahora podremos prescindir de algunos de ellos. Seleccionaremos a los marineros menos dotados para remar y los tiraremos por la borda”. A sus órdenes capitán.  La voz tímida de un marinero religioso exclamó que no era necesario deshacerse de personas. El capitán respondió que sí, que la ciencia había hablado. Y era cierto.

“Creo que la cuestión no es cómo aumentar la velocidad si no para qué” comentó el marinero. No comprendía el objeto de tanto esfuerzo y sacrificio. El capitán se quedó perplejo y pidió al marinero una aclaración ¿Sabe usted a dónde vamos? Pregunto el Marinero. “Nadie aquí lo sabe” respondió el capitán. Entonces, ¿Por qué corremos?

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La diferencia entre estos marineros y nuestra reaoidad es que los marineros pueden volver a tierra y renunciar a la más que arriesgada aventura. Nosotros no. Nosotros estamos rodeados de un horizonte que se cierra en círculo sobre nosotros y no termina. Estamos flotando juntos en medio de un océano sin brújula ni estrellas. Y solo nos queda seguir remando rumbo al horizonte que se aleja angustiosamente a medida que avanzamos. Algunos renuncian, aceptan el sin sentido y descansan resignados flotando libremente.  Dejan de remar. Otros,  juegan a inventar puntos de referencia imaginarios que disponen entre ellos y el horizonte y tratan de alcanzarlos como si fueran pequeñas metas. Espejismos en el desierto. Objetivos. Pero una vez se alcanza el objetivo, se disipa la bruma y encaramos  de nuevo al angustioso horizonte. Y es aquí donde surge la expresión “la felicidad está en el camino”. Porqué tras cada meta solo encontramos de nuevo el basto e inalcanzable horizonte y tenemos la sensación de que estábamos mejor persiguiendo el espejismo. Por último, están aquellos que creen realmente en la posibilidad de alcanzar el horizonte en si. Estos últimos son los que más sufren ya que reman frenéticamente y se ahogan en su propia frustración hasta el fin de sus días.

 

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