Yonkis de la felicidad

La felicidad es sin duda el objetivo. Es fin y destino de todos nuestros deseos y motivos. Pero nos falta lo más importante. Entenderla. Inocentemente fingimos comprenderla y definirla cuando en realidad es ella quien nos comprende y define. La felicidad no es un pastel con receta que podamos construir. Ella nos señala el camino con pequeños señuelos y escapa un poco más lejos a medida que nos acercamos a ella. Así, andamos el camino de nuestra vida persiguiendo el ideal por excelencia

¿Pero, quién es ella?

Sin saber cómo, hemos convertido la felicidad en un estereotipo cultural de lo más contradictorio. La mayor dolencia de nuestra sociedad hoy no es física si no psicológica y, por ello, poco evidente. Nuestra realidad social hoy está construida por estándares idealizados colectivamente y mentes encadenadas a ellos. Porque un ideal es una trampa psicológica que consume nuestra energía en pro de una ilusión. Los ideales nos acompañan sigilosamente y nos abandonan cuando el peso de la realidad cae dejando a su paso un rastro de nostalgia que nos mantiene apegados a un pasado con más sentido que el presente. La felicidad está pues en el camino, en la lucha por el ideal y no en su consecución. Quiere esto decir que la proyección idealizada de un futuro mejor es todo a lo que podemos aspirar porque una vez alcanzado pierde toda su masa. Porque hemos aprendido ya que una vez se llega a la cima de la montaña solo podemos ver nuevos picos. Nuevos retos. Los finales felices no existen porque no existe final. 

Hoy, la felicidad está secuestrada por la psicopatía colectiva del consumismo. Es el producto definitivo de la propaganda del imperio del  consumo que, cuidadosamente vestido con el suave manto de la democracia, cubre una escalada capitalista salvaje y liberal. Operando bajo las mismas leyes de la selva y empuñando la bandera del crecimiento económico, el sistema emprende la cruzada contra los infieles. “El crecimiento económico nos traerá felicidad” es el credo. Pero esta vez sin espadas, hoy la batalla es psicológica. Ya no hay guerreros si no objetores de conciencia. 

Atrapados en una carrera eterna de todos contra todos y hacia ninguna parte. Queremos llegar los primeros. Pero no hay llegada alguna. Es la mayor enfermedad. Se trata de una carrera de infinitas metas idealizadas que se derrumban sobre nuestros hombros a nuestro paso. Frustración. Mientras tanto, la meta final, asomando como la bruma en el horizonte, la felicidad, se aleja a la misma velocidad que corremos. No importa el tesón, no importa el esfuerzo, la felicidad siempre correrá más. Y a todo esto, nuestro tiempo es limitado. Estrés.

Llegados a este punto alguien podría decir que la felicidad no es permanente o, como comentaba, que no está en el fin sino en el camino. Pero entonces, ¿porque corremos? ¿Porque perseguimos? ¿Porque tanta ansia por llegar? Queda claro el malentendido teórico. Pero lamentablemente no siempre es fácil poner en práctica la teoría. La gran mayoría de nosotros hemos sido bombardeados durante toda nuestra vida con dogmas sobre la felicidad, el credo consumista y el crecimiento económico que ya han cristalizado en el inconsciente colectivo. Antaño se rendía culto a Dios y este iluminaba la senda de la felicidad y la dicha. Hoy, el patrón se repite con una nueva deidad atea: El crecimiento económico. Sumamos contradicciones.

A nivel racional es relativamente fácil ver el truco ilusorio e intuir la trampa. Pero a nivel inconsciente la cosa es distinta. Seguimos dando más valor a las vidas de las personas que encajan en el estereotipo idealizado de felicidad que a las que están fuera de este. Seguimos convencidos de que el futbolista de élite es feliz porque sale por la tele, tiene mucho dinero, va a todas las fiestas, conoce a mucha gente y es admirado. En definitiva, creemos que quien dispone de más oportunidades es por ello más feliz. Pero estamos muy equivocados. Contrario a la intuición, disponer de más oportunidades no nos hace más felices. Solo la ilusión de un “incremento” puntual de oportunidades nos proporciona un estado transitorio de euforia o placer que se estabiliza rápidamente. Idealizamos. Este frenesí descontrolado en busca de felicidad nos mantiene atrapados en el baile de Shiva Nataraja creyendo estúpidamente que somos nosotros los marcamos el paso.

Así, buscamos conseguir dosis de felicidad a través de ciertos comportamientos que refuerzan nuestro ego y nos hacen sentir euforia, alegría y orgullo efímero. Son atajos que activan nuestro sistema cognitivo de recompensa y nos hacen sentir bien puntualmente sin demasiado esfuerzo. Droga.

Lograr el equilibrio y vivir en paz requiere de un trabajo y un esfuerzo que efectivamente deben ser permanentes. Y son permanentes porque la recompensa también lo es. No se admiten atajos.  Pero nos falta valentía para romper las cadenas y trabajar por lo que realmente sentimos y no por lo que deberíamos sentir. Para hacernos preguntas trascendentales sin miedo a caer en el vacío. Para hablar de nosotros como seres humanos y de nuestros motivos vitales y a dejar de buscar atajos comprando bienestar barato, rancio y ficticio pagado con nuestra dignidad interna y nuestro amor propio. Somos yonquis de la felicidad y la buscamos a cualquier precio. Vendemos nuestra dignidad y renunciamos a ser nosotros mismos por una buena dosis, y de esta forma nos abandonamos, nos secamos por dentro y nos perdemos, engendramos envidia y rencor, nos odiamos a nosotros mismos y a los demás y nos alejamos cada vez más de nuestros verdaderos sueños, motivos y equilibrio. Porque, al final, la vida es un viaje consciente. Una transición del desequilibrio hacia el equilibrio; o al menos el intento.

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